SOBRE EL DOS DE MAYO.

Publicado el 2 de Mayo, 2008, 14:11. en General.
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Que no fue, ni por asomo, el día del nacimiento de la Nación -como dicen los progres, los tontos y los idiotas-, sino el día en que a los españoles se les hincharon las narices -y aún otras cosas- de aguntar a los franceses y a los soplagaitas acongojados de la llamada Familia Real, de la llamada nobleza, de la llamada burguesía, de los llamados ilustrados, de las llamadas autoridades. El día en que decidieron -sin cónclaves, ni elecciones, ni votaciones de ninguna clase; con una simple mirada- que ya estaba bien, que hasta ahí habíamos llegado, y que había que tirar por la calle de en medio. Nada nuevo en la Historia de España. Ni antes, ni después.
Pero todo lo que puediera decir sobre esta fecha de hace dos siglos, lo dijo infinitamente mejor el gran maestro Rafael García Serrano. Así es que aquí les dejo sus palabras, y eso salen ustedes ganando.

*****


De Pedro a Pedro

 

 

 

(La casualidad me ha favorecido por esta vez. No hay mala intención en mi relato; pero no puedo impedir que la haya en la casualidad; esto es superior a mis fuerzas. Cualquiera alcanza a explicarse bien hasta qué punto es tentador enlazar dos acontecimientos que apenas tienen nada común entre sí: un idioma, unos muertos, una política... Poca cosa para un escritor perfectamente puro.

Escribí el relato sobre el 2 de mayo de 1808 basándome en unos viejos papeles, amarillos, mordidos de ratón, que un amigo guarda en su biblioteca. Son las notas de un tal Pedro Sánchez, que vivió de punta a rabo la bella faena y que allá en sus años de vejez se entretuvo en recordar aquel episodio de una manera concreta, desenfadada, hasta rabiosa, pero desordenada y totalmente impublicable. Me he permitido arreglar sus notas para trasladarlas al público.

La segunda parte de mi relativo trabajo se limita a transcribir puntualmente las Memorias últimas de mi camarada Pedro Sánchez, fusilado en noviembre o diciembre de 1936. Ni se sabe la fecha ni se sabe el lugar donde descansa.

Comprendo que nada tiene que ver el Pedro Sánchez de 1808 con el Pedro Sánchez de 1936. Es decir, quizá sean parientes. Tampoco guardan relación unas matanzas con otras. Si acaso, una ligera relación de estilo. En cuanto a Francia, por Dios...

                        Todo es pura coincidencia, por supuesto.)

 

 

 

PEDRO SÁNCHEZ, 1808

 

            El domingo no perdí el tiempo. Iban y venían rumores; el día estaba calmoso y las tertulias alteradas. Fui de un lado a otro pastoreando los chismes rezagados. Me divertí oyendo disparates y me acosté temprano. Pero el día en que realmente no perdí el tiempo fue el lunes, y eso que yo, no sé por qué, probablemente por mi vocación decidida a no hacer nada, había determinado dedicar la hermosa mañana de mayo a dar un paseo, recreándome en el aire fino y pensando en mis cosas.

            Siempre me ha molestado la multitud y en la plaza de la Armería abundaba esa molestia. Por casualidad iban a acertar mis contertulios. La tarde anterior me habían dicho que la policía del Gran Duque de Berg señalaba una extraña afluencia de aldeanos hacia la Corte; como los rumores eran para todos los gustos, no hice ni pizca de caso. Y ahora la confidencia resultaba una espléndida realidad, porque en la Armería sobre todo, y en la calle Nueva, se esparcía la sorda ira de las gentes que especulaban sobre la marcha de los Infantes en corrillos silenciosos, en corrillos aislados, en franca gritería, en palideces temblorosas de esas que preceden casi siempre a la violencia. Y esas gentes excitadas que estropeaban mi paseo tranquilo eran chulos y chisperos, majas y damas.

            (En un balcón estaba doña Martita, a quien saludé galante. Doña Martita era una linda flor y yo la sobrevolaba como un abejorro.)

            Había currutacos, y no era yo el menos emperifollado de todos. Juntos, nobles y campesinos, el grave empaque y el gesto sobrio, aunque abundaba la retórica digital y desdeñosa cada vez que alguien se refería a los franceses. Nobles, campesinos, artesanos, funcionarios, sacerdotes: juntos unos y otros. Volví la vista hacia el balcón de doña Martita y la vi mirando fijamente hacia la puerta de Palacio, grandes los ojos, desencajados; sus lindas manos queriendo parecerse a garras, de tal modo apretaban el hierro de la barandilla. (Dios mío, qué ojos y qué manos los ojos y las manos de doña Martita.) Entonces, con su grito, se alzó un alarido fantástico, increíble. Parece ser que en aquel momento un grupo de rompe y rasga se lanzó a cortar las correas del coche de los Infantes, casi a la vez que el señor Legrange, ayudante de campo de Murat, trataba de llegar a Palacio para saludar a la reina de Etruria. Legrange era un jefe de escuadrón a quien me presentó el capitán don Pedro Velarde, muy traído y llevado por los franceses, que querían a toda costa ganarse sus simpatías.

            Al paso de Legrange hirvió la pita; pero él ya estaba acostumbrado a oírlas desde el día en que hizo su entrada en Madrid el rey Fernando, a quien Dios nos guardó más de la cuenta seguramente porque nos lo merecíamos. De no sé dónde salió una pequeña patrulla francesa que arregló la cuestión. Al retirarse llevaban en la mochila destinada al bastón de mariscal un muestrario de insolencias. Verdaderamente, nuestro pueblo es rico en modos despectivos. Los franceses habían sabido de la hospitalidad y el abrazo. En aquel instante supieron del corte de mangas y de las redondas palabras injuriosas. Pronto iban a saber otra cosa. Pero juro que yo no me suponía -ni de lejos- lo que se avecinaba. La sangre, por una vez, llegaba al río.

            Mi primer desfallecimiento lo tuve al comprobar que doña Martita se había retirado del balcón. Segundos después me notaba melancólico, triste, como si la mañana de mayo, imprevistamente, se hubiese aguachinado. (Era yo muy sensible a la presencia de doña Martita, ay...) Vocearon cerca de mí anunciando la artillería casi como quien grita: «¡Agua va!» Pero la artillería me importaba poco, entregado al recuerdo de unos ojos claros, de la tez pálida, de la iracunda manita.

            -Largo, largo, que vienen...

            Al tiempo me empujaron contra un portal. Vi correr hacia la calle Nueva y corrí en esa dirección, sin que pueda decir, a tanta distancia del hecho, si me impulsó la curiosidad, el valor o la multitud. Sentí el mugido poderoso de los cañones, el estruendo de los caballos, la voz apasionada, herida, terrible, del pueblo. Los franceses habían acometido alegremente el ametrallamiento de los madrileños. El bello Murat se metía en juerga.

            -Armas, armas, armas...

            Se esparcía el grito, se multiplicaba, subía hasta el mismo cielo, y mientras unos cargaban contra los cañones a cuerpo limpio, con el valor ciego de los desesperados, una floración de navajas, hoces, pistolas, trabucos, garrotes, barras de hierro, hachas, cuchillos de cocina, fusiles milagrosos, almireces, badilas, morillos, atizadores, cachorrillos, aparecían en las manos del gentío. Los tacos y retacos furibundos, las erres coléricas de los juramentos, el clamor espantoso que sonaba tan cerca, todo inundaba la calle y anegaba el alma en una especie de fría resolución que, por contraste, se mostraba cálida en el ademán y en la palabra. Camino de la Puerta del Sol, como una misteriosa guerrilla, nos precedía la gran llama de la sublevación, la cólera del alzamiento; todos estaban enterados de lo ocurrido y todos esgrimían en las manos el argumento que habrían de utilizar contra los franceses.

            Por una bocacalle desembocaron frenéticos tres de a caballo, algo alterado el lujo de los uniformes, en alto los pesados sables, con el relumbrón de sus pulidas corazas por delante. Cargaron de frente, alucinados por la aparente debilidad de nuestro grupo. Oí bien clara la sorna heroica de las navajas abriéndose con la pausa forzada del punteo. Confieso que aquello me sonaba a pura chunga, a burla descarada, a mofa y escarnio del mundo entero. He aquí que los que se habían paseado por toda Europa, los que conocieron el triunfo bajo el sol de las Pirámides, los que se batieron en Marengo y Lodi, los centauros espléndidos de Jena, tenían que poner todo su empeño, toda su gloria militar, frente a media docena de navajas cabriteras ceñidas con guapeza; frente a media docena de navajillas que se reían del lucero del alba, de las águilas imperiales, del rayo del siglo y del padre del rayo del siglo. Todo les daba igual. A los de a caballo les habían contemplado cuarenta siglos asomados al valle del Nilo, las tierras verdes de Italia, los bosques austríacos, el pasmo mortal de los regimientos rusos ahogados en los pantanos de Austerlitz, las llanuras polacas. Y ahora les contemplaban seis menudas puntas de navaja. Los de a caballo habían escuchado la voz jupiterina de Napoleón. Los de las navajas nada más que el murmullo de la hoja y la voz de las cachas, que decían: «Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica» y «Viva mi dueño». Las seis menudas puntas de navaja ni por pienso pensaban en retroceder ante los victoriosos jinetes de Eylau. Ninguno de los seis hombres -bueno, cuatro hombres y dos chavales- había leído jamás el 58 Boletín del Gran Ejército: Cette manoeuvre audacieuse s'il en fut jamais... cette charge brillante et inouie. Posiblemente, ninguno de los seis sabía leer, pero los seis tenían el corazón en su sitio, los riñones a punto y el pulso firme, aguantando en la muñeca, nada más que en la recia muñeca, «la audaz maniobra, la carga brillante e inusitada» que los tres coraceros daban en la calle Mayor de Madrid a la mayor gloria de Francia y de su Emperador. 

            Bajo la tromba de los caballos se abrió con la gracia de un capote el frente de las navajas. Aquello era, sencillamente, quebrar caballos, soportar el espanto de la arremetida y colarse bonitamente bajo sus patas para rasgar las barrigas con limpieza. Uno de los caballos huía enloquecido arrastrando a su jinete colgado del estribo izquierdo. Los dos coraceros restantes lucharon bravamente contra el cielo y la tierra. Desde los balcones y las ventanas caían sobre ellos los más disparatados proyectiles. La pesa de un reloj derribó al valiente que aguantaba la acometida de los mosquitos albaceteños. Joaquín Murat ignoraba que esa pesa de reloj, además de matarle un soldado, daba la hora del rebato, el signo esperado por los que creían invencible a su señor: la hora primera de la derrota imperial.

            El último coracero hizo un esfuerzo sobrehumano. Hendió el cerco desesperadamente y se encontró frente a mí. Tras de mí, la calle libre, la posible escapatoria y la falta absoluta de tiempo para cubrirme. Cerré los ojos a lo inevitable y el estampido de un trabucazo me obligó a abrirlos. El coracero se derrumbaba blasfemando. Junto a mi oreja humeaba la tétrica boca que soltó la píldora. Había disparado un joven de rostro agradable que tenía en los ojos un cierto aire entre el asombro y la preocupación. Le tendí mi mano.

            -Gracias, amigo. Me llamo Pedro Sánchez.

            -Yo, Gabriel Araceli, señor.

            -Adelante, adelante -gritaban los de las navajas- ¡aquí ya no hay asunto!

            -¡Armas, armas, armas!

            Decidimos encaminarnos al Parque de Monteleón. Seguramente que allí dotarían nuestro coraje. Las calles vibraban de ira y de orgullo y comenzaba a sentirse un gran calor. Madrid era una enorme olla hirviente, un barril de pólvora. Llegamos al Parque en un extraño alboroto de disparos. Pero ya Madrid iba apagar caro su desafío. Antes de anochecer necesitaba Murat aplacar su hígado de posadero, necesitaba escribir al amo dándole cuenta de su dureza; a su compadre Bessiéres, diciéndole: «Hemos dado una memorable lección a la canalla de Madrid.» (Después, el Monitor dirá que han muerto dos mil españoles por doscientos cincuenta y cuatro franceses.) Y Madrid esperaba, con la gallarda decisión de jugarse el tipo.

            El Parque, mientras nosotros estuvimos entre la Armería y la Puerta del Sol, había soportado un asalto. Saludé a don Pedro Velarde, que ni me conoció, atareado en disponer las piezas. Otro capitán bullía mucho junto a él. Daba instrucciones al paisanaje un teniente de Voluntarios de Madrid, llamado Ruiz. El capitán desconocido era don Luis Daoiz. Las piezas batían la calle de San Pedro, la de San José y la de San Miguel. Defendíamos al primer vicario de Cristo, al padre de Cristo y al jefe de las milicias de Dios. Defendíamos el cielo; luego el cielo nos defendería. Llegaban a reforzar la leve guarnición del Parque los hombres y las mujeres que venían huyendo de las cimitarras segadoras. Los mamelucos comenzaban a trabajar a gusto y el poderío francés estrechaba el cerco. Le tocó el turno a la infantería.

            Cargaron los granaderos con el delirante frenesí que sólo Napoleón en persona hubiera podido infundirles. Sentían como una humillación aquella increíble resistencia de un puñado de artilleros, de un grupo de paisanos, de unas cuantas mujeres sublimes. Olía la sangre y la pólvora requemaba las intenciones. Al grito de ¡viva el Emperador!, con la frialdad de quien evoluciona en un campo de maniobra, corrían hacia nosotros los infantes de Francia. Yo recordaba haberlos encontrado en otras partes. En Pavía, por ejemplo. Allí se aprisionó un rey, y ellos, ahora, le ponían cebo al nuestro y lo encerraban en Bayona con argucias de ratero, aprovechando la torpe mentalidad del padre y del hijo. Atizando las discordias de una familia más bien divertida. Creo que no pensaba en esto en el momento de ser herido. Pero lo pienso ahora y entonces lo sentía, que es mejor. Solté el fusil, me estrujé la pierna dolorida y una mujer me arrastró al interior. La batalla se quedaba fuera, en el aire. Todavía saludé a un petimetre, a la última de París, cargándose a los propagadores de su figurín con una puntería endiablada, que Dios se la bendiga.

            Yo no vi la entrada de los franceses en el Parque. No oí su estúpida insolencia frente a la serena majestad de Daoiz. No presencié su asalto poco limpio ni vi caer a los defensores. Cuando me enteré de su suerte me encontraba escondido en una casa en las traseras del Parque. A lo lejos tronaban nerviosas y continuas descargas. Me rodeaban unos cuantos hombres de semblante entristecido.

            -¿Qué? -pregunté.

            -Fusilan en el Prado y en la Moncloa. Fusilan sin cesar. Fusilan mujeres y críos. No se cansan. Mañana sentirán vergüenza, pero hoy matan, hoy asesinan.

            -Bien, señores -opinó un viejo de voz madura-; mi hijo está entre los detenidos. Lo matarán, pero España no soporta los abusos ni las humillaciones. España les ha declarado la guerra.

            -La guerra -dije, recordando mi mañana en la Armería-, la guerra se la ha declarado doña Martita.

            -Delira -dijo el viejo.

            Y me pusieron paños fríos en la frente.

 

 

            PEDRO SÁNCHEZ, 1936

 

            Recuerdo las lecturas de mi infancia. Elijo el gesto de los náufragos cuando encerraban en una botella su mensaje y lo echaban al mar, a la esperanza; mi mensaje no tiene esperanza ni mar. Pero pido a Dios que llegue a manos amigas. Estoy harto de huir. Ni un paso más. Tengo la resignación de la pieza casi cobrada. Tras de mi rastro vienen buenos podencos olfateando mi sangre. Ahora me encontrarán. No tengo salida ni ganas de buscarla; la fatiga me cae sobre los hombros y sobre el corazón como un mundo inmenso que se derrumba. Ayer estuve en la calle. Vi desfilar los siniestros refuerzos que ayudarán a sostener Madrid. Europa vacía sus presidios y los productos de sus burdeles y los concentra en París. París nos los regala. Antes las invasiones francesas traían la alegría del héroe. Ni un Roldan ni un Murat entre toda esta turba repugnante que anega la ciudad. Mi francés de Bachillerato -un francés fabuloso e ingenuo- me ha servido para identificar la nacionalidad de la mayoría de los invasores. Las lecciones que me dio Juan cuando volvió del curso de Grenoble, me han permitido clasificarlos entre los delicados poseedores de las mejores blasfemias. Buena gente. Y esta gente me va a matar. Están registrando casa por casa la manzana entera. Pronto llegarán aquí. No sé si veré otra vez la calle o me tumbarán aquí mismo, en mi refugio. Me importa poco ver el cielo triste de Madrid. Los espero. Adiós, madre.