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En vista de que las cosas van de mal en peor en lo económico -y quien lo niegue, es gilipollas o tiene cargo público-, se impone reducir gastos. Esto, que así dicho puede parecer muy loable, tiene su contraluz: el recorte presupuestario se refiere a la comida de los ancianos de una residencia madrileña, según informa El País. No hay dinero para que los ancianos coman fruta y verdura; para que coman carne decente; para que no les falte el pan, y esto no es una figura retórica, sino la literalidad de la orden: que se compre menos pan. En cambio, no falta un buen dinero para otras cosas. Por ejemplo, para los libros de religión islámica; para las fiestorras de maricas y tortilleras, para los titiriteros vividores del cuento, y hago recuento a vuelapluma, sin espigar demasiado. No sólo se niega cualquier ayuda para que nuestros mayores puedan permanecer en sus casas, con su familia, condenándolos a esos almacenes de viejos que llaman residencias, sino que encima se les condena a pasar hambre aunque se dejen la pensión en ella.
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Panem et circenses
AES: Rafael López Diéguez.
Debate público en “La Quinta Columna”
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