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Un fulano que -según ABC- se llama Fernando García Nicolás, y figura en la nómina de la Audiencia Nacional, amonestó a la etarra Dolores López Resina -¡toma nombres y apellidos euskaldunes!- por gritar «Gora ETA». A continuación, el llamado juez advirtió que allí tampoco se decía «Viva España». Uno podría incluso entender que un juez novatillo, pañalero, se viera desbordado por las circunstancias y, en un brote de histerismo, expeliese esa necedad por miedo a que se le fuera de las manos el circo y se armase una gresca en su sala. Sería -como ya digo- una necedad; sería una salida de pata de banco; sería una inmensa muestra de ignorancia y de estupidez. Pero, en un niñato agiliprogrado, comprensible. Pero no es el caso, porque en la sala tan indignamente presidida por este tal Fernando García Nicolás no hubo conato de motín entre los goraetas y los Viva España. Ni siquiera un leve asomo de bofetada pedagógica. El caso es que el llamado Fernando García Nicolás, juez de la Audiencia Nacional por los méritos públicamente desconocidos que todos imaginamos, iguala en su advertencia los nombres de la banda de asesinos y el de España. Lo mismo es -para este fulanito llamado Fernando García Nicolás- dar vivas a una banda de asesinos que a España, la madre que nos parió a cuantos tenemos padres conocidos. Y lo peor es que ni el botarate del Fiscal General del Estado denunciará a este presunto juez por apología del terrorismo, ni el Consejo General del Poder Judicial le abrirá expediente para mandarle a hacer la carrera -pero la suya, la que le corresponde- a otra parte, ni un mal periodista se rasgará siquiera la caperuza del bolígrafo. Ni nadie le gritará a la cara que es un hijo de puta.

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