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La que ha derribado un edificio en Palencia, con -al parecer- nueve víctimas mortales y varios heridos. Lejos de mi intención -vaya por delante- insinuar nada, ni abrir polémicas absurdas sobre la desgracia ajena. Sin embargo, tengo la sensación de que tanto las autoridades como los medios de comunicación se han empleado contundentemente en el intento de desviar posibles interpretaciones; esfuerzos que son los que -a mí particularmente- me resultan sospechosos. En otras palabras: tengo la impresión de que todo el mundo tenía un miedo cerval a que alguien dijese lo que todos temían. Cuando se tiene la conciencia tranquila, no se afirma primero categóricamente que se ha tratado de una explosión de gas, y al día siguiente que la policía científica tendrá que investigar las causas; cuando no se teme que pueda insinuarse la sospecha, no se aventuran conclusiones precipitadas. E infundadas. Un testigo -¿no fue el propio alcalde de Palencia?- declaraba que había oído una explosión terrible; dura y seca. Afortunadamente, ignoro cómo son las explosiones de gas. No ocurre lo mismo con las detonaciones de explosivos, pues he oído -lo suficientemente lejos para poderlo contar, pero lo suficientemente cerca para sentir la onda expansiva- tres bombas. Y el sonido es inconfundible: duro y seco. Repito que no quiero insinuar nada, por más que extraños choques de aviones con antenas y churreras incendiarias pudieran avalar sospechas. Lo que quiero es decir -claramente, nada de insinuación-, que vivimos en una sociedad tan sumida en el pánico, que antes del coscorrón se pone la venda.
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