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Que el Gobierno ha ordenado potenciar en Ceuta y Melilla, en prevención de que comandos islamistas intentasen entrar en España para comenzar la anunciada contrareconquista de Al-Andalus. Lamento decir que me parece una medida más para la galería, para los teleadictos, que de eficacia real. Como el portavoz de la Confederación Española de Policía, Rodrigo Gavilán, explicó en radio Intercontinental -Punto de vista, 14 abril 2007- los marroquíes y argelinos no vienen generalmente a España en patera ni en los maleteros de los coches; vienen en avión, con su pasaporte en regla y el visado correspondiente. Los musulmanes fanáticos no se encuentran, a estas horas, intentando cruzar la frontera por El Tarajal; están en Madrid, en Barcelona o en Sevilla. Los musulmanes que cualquier día de estos comenzarán a explotarse llevándose por delante a cuantos perros cristianos puedan, son los mismos que hoy, tan amablemente, nos sirven el café, nos sonríen amistosamente y -cuando se llega a establecer cierto conocimiento- incluso nos afean nuestra poca religiosidad de católicos descreídos. Porque el marroquí que nos sirve el café y que vemos tan integrado en nuestra sociedad, es un creyente de profunda religiosidad. Un creyente que acude a las mezquitas, que observa del Ramadán, que cumple los preceptos de su fe. Y que se asombra de nuestra falta de fe, de nuestras ausencias -o de nuestras asistencias meramente formularias- a las iglesias, de nuestra acomodación a toda huída de compromisos religiosos y de cualquier índole. Se asombra -y probablemente se alegra- de nuestra decadencia. Y espera -acaso inconscientemente- el momento de la llamada a la conquista y a la guerra santa. Contra esto no vale vigilancia de fronteras, ni planes de integración, ni tolerancias suicidas; sólo vale el rearme moral de una sociedad que -hoy por hoy- ni siquiera cree en sí misma, en su derecho a vivir, sobrevivir y perdurar.
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