Siento mucho que lo dijera Spengler, uno de los grandes especialistas de esa dificilísima disciplina que es la Filosofía de la Historia. Lo siento, porque la mayoría de los amaestrados por los últimos planes de mala educación no tendrán ni idea de quien fue, y los que conozcan vagamente el nombre lo tendrán asociado al nacionalsocialismo, porque así convino al marxismo triunfante en la GMII.
Pero lo dijo, y cada vez se demuestra más claramente que la Historia tiende a repetirse, generalmente en función del olvido de la misma en que los idiotas caen.
La puesta en libertad del asesino De Juana Chaos es un acontecimiento histórico que nos sitúa –memoria histórica al canto- en el día 13 de julio de 1936.
Entonces, las fuerzas de seguridad del Estado –que en buena parte no servían al Estado, sino al partido del Gobierno- asesinaron al más destacado parlamentario de la oposición, José Calvo Sotelo.
A partir de aquél instante, el Estado dejó de existir para convertirse en turba, en facción beligerante contra la media España a la que querían asesinar, igual que a Calvo Sotelo.
El Estado dejó de tener legitimidad, y quedó a merced del primero que viniera a derribarlo para establecer una legitimidad nueva. Los fascistas se adelantaron -por horas- al programa de Golpe de Estado del partido socialista, cuyas juventudes ya había entregado a los comunistas Santiago Carrillo.
El 1 de marzo de 2007, el gobierno sectario, traidor, inicuo, que dice presidir Rodríguez Zapatero, ha puesto el Estado español a los pies de los asesinos etarras. El Estado español ha dejado de existir, está en manos de una partida facinerosa y sectaria, cobarde y asesina, llegada al poder sobre 200 cadáveres y empeñada en retrotraer la historia de España a 1936, con la vana esperanza de obtener la victoria que entonces no logró.
En España, hoy, no se gobierna para el mañana ni para el presente; se gobierna de cara al pasado; de cara a resucitar la historia vieja de casi un siglo. Y para ello, el partido socialista se entrega con fruición a los separatismos de toda índole –catalán, vascoetarra, andaluz, gallego...- esperando de ellos la colaboración asesina que le ayude en la implantación de su dictadura soviética.
Rodríguez no es sólo un tonto –que lo es-; no es sólo un necio, en el sentido etimológico de la palabra –que lo es-; no es sólo un cobarde –que lo es-; no es sólo un loco –que lo es-; no es sólo un sectario, que lo es; Rodríguez es, ante todo, un traidor.
Un traidor a España, que desde hace tiempo es visto con horror por las Cancillerías europeas, que adivinan un futuro balcánico al sur de los Pirineos.
El Estado español, a la deriva, espera la mano que se atreva a tomar el timón; que se atreva a demostrar que la media España que ya está siendo vendida y esclavizada, y pronto comenzará a ser asesinada, no va a dejarse matar sin lucha.
Rodríguez ha declarado la guerra a media España, y los calditos que ya se permite disfrutar el asesino De Juana deberían atragantársele al presunto presidente del Gobierno. Porque, un día de estos, esos calditos del asesino serán los que lleven a Rodríguez ante el pelotón de fusilamiento que le igualen a su añorado abuelo.