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Fallecido ayer, a los 91 años, ante el no disimulado regocijo de la prensa, radio, televisión e hideputas varios, que le atribuyen mas de 3.000 muertes, la mitad de las del asesino Carrillo en Paracuellos del Jarama, tan silenciadas. No es cuestión de calificar las muertes por la cantidad; una sola, si se trata de un asesinato, es demasiado. No se si en la conciencia y el conocimiento directo del General don Augusto Pinochet quemaba la culpabilidad, o si todo cuanto se ha dicho y publicado es como lo que se dice y publica de Franco, falso de total falsedad. Se -lo dicen los periódicos- que en 1988 convocó un plebiscito para someter a los chilenos su permanencia en el poder, con resultado negativo; y a ver cómo me atan esa mosca por el rabo de la falta de libertad para votar. Se que en 1998 el juez Garzón -el mismo Baltasarito que ha recibido muchos rapapolvos de de sus compañeros de la judicatura, por la mala instrucción de sus sumarios; el mismo que mantiene a los patriotas en prisión sin pruebas, según demuestran luego las sentencias; el mismo al que le ponen en la calle a etarras por no haber sido capaz de concluir los sumarios en el tiempo establecido- quiso impulsar su carrera de estrella judicial encausando al anciano y ya tiempo atrás retirado General. Es una pena que la justicia no llegara a tiempo, ha declarado Baltasarín. Si que lo es, si. Es una pena que la justicia dejara en libertad a los narcotraficantes del célebre "caso Nécora", pésimamente instruído por Baltasarcillo. Es una pena que la justicia no haya metido en la cárcel al juez que, ante una falsificación documental, procesa a las víctimas y no a los culpables. Es una pena que la justicia quede en entredicho por obra y gracia de jueces que se dedican a la política y luego vuelven a su cargo, virginalmente imparciales. Se que, aunque ya no tenga el juez Garzón que irse a Londres a perseguir ancianos, seguirá instruyendo mal los sumarios, seguirá dejando escapar etarras por simple ineptitud. Se que en Chile, y en la Puerta del Sol de Madrid, se han manifestado gentes, gentecillas y gentuzas -cuya catadura moral queda de manifiesto- celebrando su muerte. Su muerte en la cama de un hospital. Siempre heróicos los alanceadores de moros muertos, lo mismo en Chile que en Madrid, que en Barcelona, en Bilbao o en Sevilla; en Santiago de Chile o en Santiago de Compostela.
Y se, sobre todo, que el General Pinochet estuvo en los funerales del Caudillo Francisco Franco; y que, preguntado por reporteros de TVE unos años mas tarde, sobre no se qué gilipollez y con la habitual zafiedad y grosería de los rogelios giliprogres, respondió: Sentí mucho la muerte del Generalísimo Franco. Lo cual, si bien se mira, explica muchas, muchísimas cosas.
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