SOBRE EL ANTIFRANQUISMO.

Publicado el 9 de Diciembre, 2006, 11:35. en General.
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Porque ahora -bueno, no ahora; desde hace ya 30 años- resulta que todo el mundo estuvo en contra de Franco.
Esto -el antifranquismo retroactivo- es algo que se pone de moda cada cierto tiempo. Sin ir más lejos, hace la friolera de 12 años se produjo un brote de esta gallinosis galopante, ante la cual -en la medida de mis posibilidades- hice lo que manda la tabla en estas ocasiones: ponerme a tono y mentir como ellos, si bien en dirección contraria, porque a uno le gusta marchar contra corriente.
Ahora es el señor Fraga Iribarne -Secretario General del Instituto de Cultura Hispánica (1951), Ministro de Información y Turismo entre 1962 y 1969, y Embajador en el Reino Unido (1973-75) entre otros cargos-, quien se jacta de su antifranquismo.
Disculpando los fallos de memoria -que he procurado corregir en el párrafo anterior- por su avanzada edad, no voy a faltar a mi deber -hacia mí mismo- de poner las cosas en su sitio. Las tácticas de la Enciclopedia Soviética, o del Gran Hermano -el de Orwell, aclaro para progres- están bien para los necios, cuyo número -ya es sabido- es infinito.
En todo caso, siquiera sea por pura higiene, no me queda más remedio que -como hace 12 años- volver a mentir y gritar bien alto que yo sí colaboré con Franco, para lo cual transcribo lo que ya publiqué entonces en La Nación:


La Nación
SEMANARIO NACIONAL INDEPENDIENTE
ANO IV NUMERO 128 • MADRID, 30 DE MARZO AL 12 DE ABRIL DE 1994


Yo sí colaboré con Franco


Rafael C. ESTREMERA


Leyendo la prensa, viendo la televisión y escuchando la radio, he llegado a la conclusión de que nadie, nunca, colaboró con Franco. Al menos, nadie de los que tiene voz en los medios de comunicación, y nadie de los que esos medios de comunicación llevan a su palestra.
Así, el Embajador Sanz Briz salvó a millares de judíos de la persecución nacional-socialista por propia iniciativa y —según Antena 3 TV— en contra del entonces Jefe del Estado, Generalísimo Franco. Otros muchos embajadores españoles, exactamente igual.
Parece ser que todo lo bueno que se hizo —que fue mucho— en casi cuarenta años, fue obra de personas que trabajaban en contra de Franco. En cambio, todo lo malo que ocurrió —que también lo hubo, qué duda cabe, porque nadie es perfecto— lo hizo Francisco Franco directa y, si me apuran, personalmente.
Como ya comentaba La Nación en un número anterior, no deja de ser extraño que tantas personas que hacían su labor en contra —dicen— de las órdenes de Franco, fueron mantenidas en su puesto por el feroz dictador. No me cuadra que ningún Jefe de Estado o de Gobierno mantenga en las Embajadas al personal diplomático que no sigue sus instrucciones.
Pero es que, profundizando un poco, me parece que hay que padecer cierto cretinismo congénito para creer que un Embajador de España pudiera salvar a miles de personas, ateniéndose a un Decreto del General Primo de Rivera —otro dictador, ya ven ustedes— pero en contra de los deseos de Franco. Por la sencilla razón de que a Francisco Franco le hubiera bastado un plumazo para derogar ese Decreto, si le hubiese venido en gana. Y con el beneplácito —no se olvide— de buena parte de la población española de la época. Sin embargo, me parece muy lógico que la prensa liberal aproveche cualquier ocasión para atacar a Franco. A falta de algo bueno que comentar sobre la actualidad, lo más natural del mundo —particularmente entre cobardes— es seguir dando lanzadas a moro muerto, y vivir —todavía— de la herencia. ¡Menuda herencia, la de Franco, que dura después de casi 20 años de dilapidación! ¡Menuda figura histórica, que casi 20 años después de muerto sigue siendo imprescindible para todo tipo de prensa, radio y televisión! Por otro lado, no deja de asombrar la ubicuidad de Franco. Si creemos a los plumíferos o verborreicos de hoy, en todas partes estuvo para hacer el mal. En cada ciudad, en cada pueblo, y en cada casa de España, se personó Francisco Franco para hacer daño. Cada Ley, cada Decreto, cada Orden Ministerial, cada Reglamento, lo redactó él personalmente. Ya me dirán ustedes si no supone esto el reconocimiento implícito de una asombrosa dedicación y capacidad de trabajo.
Estoy tentado de terminar aquí este artículo. De admitir que todo lo hizo él; solo, sin ayuda, sin colaboración; que todo lo hizo él, y en contra de todos los españoles o, al menos, del noventa y nueve por ciento. Que Franco tuvo en su contra a los diplomáticos, a los militares, a los ministros, a los funcionarios, a todo el pueblo. Que él, solo, hizo su santa voluntad frente a 20, 30 ó 40 millones de españoles. Y de terminar, entonces, con la única frase —en tal supuesto— posible: ¡Ole tus cojones!
Sin embargo, voy a terminar de otra forma. Voy a terminar declarándome corresponsable. Aunque no sea cierto, porque en 1975 el que suscribe no había alcanzado la mayoría de edad y, en consecuencia, no podía participar en la vida política nacional. Es lo mismo; cuando todo el mundo se afana en declarar que estuvo en contra de él, yo estoy dispuesto a jurar (seguro que Dios no me tendrá en cuenta la falsedad, porque si bien es cierto que no lo fui de hecho, también es cierto que me hubiera encantado llegar a tiempo de serlo) un ferviente colaborador del Caudillo Francisco Franco.