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La demostrada por los grupos parlamentarios autodenominados demócratas, en ocasión de la visita del Presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang. Fiel a mi nunca desmentida crencia de que los asuntos internos de cada país son de su exclusiva competencia, -teoría, por cierto, recogida en la Carta Fundacional de las Naciones Unidas, que todos los demócratas del mundo se pasan por el arco de la estátua de la Libertad y otros sitios- para mí, el señor Obiang es el Presidente de un país que ha sido invitado por el Gobierno español. En calidad de tal invitado de España, la más elemental educación obliga a recibirlo y tratarlo como a tal, independientemente de estar de acuerdo con él o no. Si yo fuese guineano, probablemente estaría en contra de Obiang; si fuera cubano, estaría en contra de Fidel Castro. Si fuese cualquiera de ambas cosas, probablemente estaría en la cárcel o muerto; cosa que -todo sea dicho- tampoco descarto para un inmediato futuro siendo español.
Pero lo que me parece intolerable, es que el señor Rajoy comente que se ha entrevistado con el señor Obiang por obligación y para aconsejarle sobre el buen camino democrático. Intolerable grosería; intolerable injerencia en los asuntos internos de un país soberano, intolerable falta de educación, de cortesía y de elegancia. Es evidente que ni el señor Rajoy, ni ninguno de los políticos en activo, tiene la categoría de un Gonzalo Fernández de Córdoba ni de un Ambrosio de Spínola.
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