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Cataluña (con Ñ), siempre ha sido una de las regiones más universales de España; la más abierta al mundo, a la modernidad y a la cultura. Ahora, Catalunya empieza a ser otra cosa.
Hace unos días, con motivo de una manifestación, se produjeron incidentes de grueso calibre. Manifestación no autorizada, por cierto, lo que en un Estado de Derecho hubiera debido suponer su disolución por la fuerza pública. O al menos, eso aprendieron mis costillas hace ya muchos años. Pero ese tema es casi lo de menos. Lo de más, es que unos cuantos individuos denominados anti-sistema -que los medios de comunicación definen como desconocidos, okupas o similar, nunca con su verdadera adscripción comunista/anarquista/separatista- camparon a sus anchas, tirando piedras, bolsas de pintura, cohetes y un largo etcétera por donde les vino en gana. Los mozos de escuadra los miraban muy atentamente, eso sí.
Hace menos días aún, en el famoso partido de selecciones regionales Cataluña-Vacongadas, el graderío se convirtió en una auténtica orgía de banderas, símbolos y pancartas separatistas, cuando no claramente delictivas y de apología del terrorismo. Las autoridades competentes, sonriendo en el palco, felices. Ayer, el ministro del Interior, señor Pérez Rubalcaba, anunció la suspensión de una reunión de Ministros de Vivienda que se iba a celebrar en Barcelona, porque no se podía garantizar la seguridad frente a esos grupos anti-sistema. Grupos que las imágenes de días anteriores mostraban como cuatro gatos, lo que lleva a pensar que o bien se confía bien poco en la policía política de la Generalidad, o se censuran las informaciones para que no sepamos cual es la realidad.
También, por cierto, ayer mismo los mandamases del PP sufrieron ataques verbales y físicos de un grupo de unos 40 separatistas, al acudir a un acto electoral de su partido, en Martorell, lo que nos habla claro del sentido de la democracia y la libertad que se respira en la antaño señorial Cataluña. Igualmente indica, dicho sea entre paréntesis, el acojone del PP, sus dirigentes y sus militantes, encerraditos en el local hasta que llegó la Guardia Civil que consideraron suficiente para salir con seguridad. Si en algún acto de los que llaman partidos minoritarios se nos presentan 40 gilipollas chillones, son ellos los que acaban llorando por la presencia de la Guardia Civil... En fin, que todo esto nos demuestra en qué ha terminado la Cataluña culta y cosmopolita: en un cerrilismo aldeano, donde los maleantes campan a sus anchas y ya ni siquiera puede recibir visitas y reuniones de cierto nivel.
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