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Los muy dignos señores jueces han pedido al Consejo General del Poder Judicial que les defienda; que les ampare frente a actitudes como la del macaco Bilbao, el que el otro día amenazaba con pegarle siete tiros al juez -derroche inútil de munición, a fé- y arrancarle la piel a tiras. En mi modesta opinión, los jueces no necesitan pedir amparo, ni defensa ni árnica. Son de los pocos humanos que tienen en su mano y en su lengua su propia defensa. Les basta con hacer lo que ya hemos visto en alguna ocasión: esposar al mulo, sujetarle al banquillo y cerrarle el micrófono. Así de fácil. Todo lo demás es andarse por las ramas y marear la perdiz.
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