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La del estatuto de Cataluña, que los partidos han comenzado con actos reducidos, en lugares pequeños, ante el patente desinterés de los supuestos votantes y futuros ciudadanos. Parece ser que los presuntos votantes y futuros ciudadanos catalanes prefieren irse a la playa, a la montaña, o a su casa, en vez de seguir las mamarrachadas de los impresentables que les convocan. Y esto preocupa sobremanera a los partidos favorables al SI, que -desde su mala conciencia- no las tienen todas consigo.
Preocupación vana. El SI será arrollador. Lo sería aunque Maragall no firmase, junto a sus mariachis edilicios, el cartelón propagandístico. Aunque CiU no movilizase los fantasmas de Macià, Tarradellas y Pujol. Aunque no contase con el apoyo de separatistas vascongados y gallegos. Les faltan los andaluces, de los cuales hay tantos arraigados en las catalanas provincias; pero esos no les hacen falta porque, sumidos en el complejo del pariente pobre, son más catalanistas que el aragonés Carod. Estos, los andaluces que tanto contribuyeron con su esfuerzo al bienestar de Cataluña, piensan -como el señor Montilla- que si renuncian a sus raíces, si pasan por las horcas caudinas del separatismo, dejarán de ser charnegos para los señoritos de la burguesía tartarinesca. Y sus hijos -los hijos de todos- educados en la mentira y en la necedad, siguen creyendo -ayunos de Historia porque nadie se la ha contado- que Cataluña fue independiente en algún incierto tiempo, que Jaime I era rey de Cataluña y a esa Cataluña incorporó el reino de Valencia, motivo por el cual esa Cataluña que nunca existió recobrará algún día su imperio. Eso si, quedándose en Baleares, porque a los italianos no les van a tocar Nápoles, ni Sicilia, ni Milán. En fin, que votarán todos que SI, porque ni saben lo que votan, ni les importa. Ni saben la que van a armar de aquí a unos años.
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